Recientemente, tras el suicidio de María José Carrasco, asistida por su pareja, Ángel Hernández, todos hemos visto cómo una vez más se reabre el debate de la eutanasia, donde a la opinión pública se le presentan dos opciones irreconciliables desde el estamento político y el periodístico: O bien uno tiene que estar a favor de “preservar la vida” sobre todas las cosas, aún a costa de un sufrimiento insoportable o calidades de vida miserables, o bien, por el contrario, se defiende el derecho a simplemente prescindir de la vida en el momento que el paciente decida hacerlo sin cortapisas por parte del Estado.

En ningún momento nos planteamos la situación que lleva al paciente a estas situaciones límite, en donde vivir no tiene ningún significado para esa persona, ni mucho menos el recorrido que les ha llevado ahí.

Normalmente hablamos de casos de largas enfermedades con enorme sufrimiento y dependencia de terceros, incluso hasta el punto de que el propio paciente no se vale ni para cometer el propio acto del suicidio él mismo, por lo que precisa involucrar a terceras personas, lo cual hace que las situaciones sean especialmente doloras e invoquen a nuestra empatía.

Damos por sentado que la situación del paciente es irreversible y las únicas salidas que existen son seguir sufriendo o dar la vida por finalizada y disponer de su cuerpo a las pocas horas. En todo caso el respeto a la vida es el mismo: ninguno. En el primer caso, la vida vale tan poco que hay que vivirla entre dolores, inmovilizado en una cama y totalmente dependiente, y en el otro, la vida vale tan poco que lo mejor es acabar con ella y proceder a incinerar al paciente rapidito.

Estamos ante un debate falso, realmente si damos valor a la vida y la salud sobre todas las cosas, se debería de optar siempre por una opción racional y científica, terminar el sufrimiento innecesario y poner al paciente en manos de la ciencia y no de la incineradora para que deje de generar gastos al Estado. Hoy en día existen técnicas que permiten mantener a las personas y los tejidos en general preservados a muy bajas temperaturas, conservando su integridad así como sus funcionalidades durante periodos de tiempo prácticamente ilimitados si se hace en condiciones óptimas.

Que estas técnicas se perfeccionen hasta el punto de poder revertir totalmente el proceso de preservación a baja temperatura y reanimar al paciente depende única y exclusivamente de la investigación y del interés puesto en la ciencia, y de la inversión.

Cierto es, y habrá quien diga que, hoy por hoy, no se puede reanimar a nadie que se someta a este tipo de tratamientos y, por  tanto, equivaldría a lo mismo que una muerte con todas las de la ley, como con la eutanasia. Sin embargo, una persona fallecida e incinerada, reducida a unas pocas cenizas trituradas en una urna de cerámica o madera, jamás podrá ser reanimada. Por el contrario, una persona cuyo cuerpo se conserve intacto y crioprotegido a baja temperatura en las condiciones adecuadas, siempre podrá optar a ser reanimada en un futuro, cuando las  técnicas de reanimación y restauración de la salud estén maduras. Por tanto, son dos supuestos totalmente diferentes e incomparables, de hecho diametralmente opuestos, la conservación óptima del paciente frente a la destrucción total del individuo de forma irreversible.

Que todo esto se convierta en realidad depende única y exclusivamente del dinero y demás recursos que se dediquen a la investigación. Nada más y nada menos.

Hablamos de una oportunidad real de acabar con el sufrimiento sin terminar la vida de forma irreversible, sin embargo, no está en el debate, pese a que todos los datos estén sobre la mesa, no exista ningún impedimento de la física que haga imposible este tipo de tratamientos. Seguimos obstinados en un debate falso, de dos opciones que después de todo son igual de crueles con la persona enferma, y le ofrecen las mismas esperanzas de recuperar su salud.

Sin ni siquiera llegar al propio debate de la eutanasia o sufrimiento, la inversión en ciencia e investigación también es la solución para no tener que llegar a plantearse este debate. Las enfermedades no ocurren porque sí. No existe ley física contra la que no podamos luchar que impida que éstas se traten y curen. Todo depende exclusivamente del interés que tengamos en atajarlas mediante la inversión. Las enfermedades, incluido el envejecimiento, son fruto de procesos biológicos, físicos y químicos y, por tanto, maleables en ambas direcciones. No existe una varita mágica, pero sí existen técnicas que ya son capaces de, a pequeño nivel, permiten contener, y en algunos casos revertir, muchos de estos procesos de degradación de la salud. El hecho de poder ampliar esta capacidad de malear el cuerpo humano, con sus enfermedades, a nuestro antojo, es una cuestión de tiempo, interés e inversión de recursos. Es la opción más humana que se presenta a todas las personas enfermas, mucho más humana que el falso debate de tener que elegir entre dejar a una persona sufriendo durante años en una cama sin sentido alguno a su existencia, o reducirla a cenizas.