RESUMEN:
En los Estados Unidos, la Life Extension Foundation ya ofrece una receta química que garantiza 15 años de vida extra (¡hay que tomar entre 60 y 100 pastillas por día!), además de brindarle a la gente la posibilidad de una criogenización en espera de tiempos mejores.

URL a 28/02/05: desconocida

Fuente y autoría:
revista ego©2001

TEXTO COMPLETO:

Ganarle a la muerte. De eso se trata. Pero no se habla aquí de vencerla en una serie de batallas, salvando vidas que en apariencia estaban condenadas, gracias al avance de la medicina. Esta vez la apuesta es radical: hay que ganarle la guerra. Para eso trabajan los científicos norteamericanos de la Life Extension Foundation (LEF). La institución ha sido creada en 1980 sobre una creencia férrea: en el futuro, el hombre será inmortal. Gente de fe que mientras tanto trabaja en lo que hay: la venta de productos que prometen prolongar la vida y el congelamiento de aquellos voluntarios que tienen la esperanza de ser resucitados cuando la finitud haya dejado de ser un atributo de la condición humana.

Creada en 1980, la LEF tiene 50.000 miembros y tres centros de investigación en California. “La gente tiene el profundo deseo de perpetuarse y de devenir inmortal”, considera E.K. Schandl. Cualquiera pensaría que es uno más entre los tantos gurúes de la new age. Error. La distancia que separa a Schandl de los saumerios, las materializaciones y el culto zen es tan larga como la que media entre su laboratorio instalado en Hollywood y las tierras del Dalai Lama. Schandl es médico, bioquímico, oncobiólogo, doctor en filosofía, director del American Metabolic Laboratories y director científico de la LEF. Es decir, un militante del progreso científico; no un devoto de la levitación.

Pero, ¿no hará falta demasiada fe para creer que algún día gozaremos de la inmortalidad made in USA? Bill Faloon, vicepresidente de la LEF, tiene la virtud de la sinceridad. Quizás por la extendida práctica del respeto a los derechos del consumidor, que en la cultura norteamericana es moneda corriente, no oculta que allí se trabaja para conseguir que el cuerpo humano viva indefinidamente, pero tampoco intenta venderle a nadie espejitos de colores antes de tenerlos en stock. “El fin último es la inmortalidad física. Pero progresamos por etapas. Lo que hacemos actualmente le dará a la gente un suplemento de vida saludable de aproximadamente quince años”, declaró a la revista suiza L´Hebdo, con la prudencia de un tendero honesto. “Eso puede parecer mucho, pero para nosotros es insuficiente –agrega, esta vez con ambición de emperador–. Durante esos quince años suplementarios, el individuo tendrá la posibilidad de beneficiarse con los nuevos logros científicos que según creemos, son inminentes. Al cabo de esos quince años, si conseguimos retrasar verdaderamente el envejecimiento e invertir el proceso, tendremos una esperanza de vida de varias centenas de años.” No es, sin embargo, esa supervivencia contada por centenas una causa a la que Faloon considere digna de su esfuerzo. Eso es sólo el aperitivo, y él prefiere pecar por megalómano a resignarse con conquistas de entre casa. “Lo que verdaderamente nos interesa –confiesa– es la etapa siguiente: si usted puede vivir cien años suplementarios, es posible que llegue al estadío en que la inmortalidad biológica será posible.”

En opinión de los dirigentes de la LEF, mientras los humanos no tengamos más remedio que rapiñarle algunos años de ventaja a una muerte todavía segura, el arma más preciada es la absorción de suplementos alimentarios. El catálogo de los productos que prometen el bonus track de quince años de sobrevida es variopinto y está a disposición del público en el site de la Fundación (www.lef.org). Lo más difícil de determinar, admiten, es la dosis exacta de esas píldoras del elixir que cada individuo debe consumir. Gajes de la condición humana, la ciencia y la tecnología avanzan pero no siempre en línea recta. E.K. Schandl explica la cuestión con una paradoja significativa: “Sabemos cómo ir a la luna, pero todavía no sabemos exactamente cuál es la cantidad de vitamina C que necesita una persona”, señala. Pero no todo está perdido en materia de indicaciones médicas. “Un profesional puede dar una dosis estimativa en función del individuo, su edad, su modo de vida, etc. –aclara Schandl–. Y también nos informamos mediante la experimentación animal. Por ejemplo, la rata puede producir vitamina C, cosa que nosotros no podemos hacer. En un estado de estrés, el animal llega a producir, en el equivalente humano, algo así como 18.000 mg. de vitamina C de síntesis. Para llegar a ese resultado sin complementos alimentarios, yo debería comer entre 200 y 2000 naranjas. Como eso es imposible, puedo tomar 18.000 mg. de la misma vitamina en forma de complemento. Esa es mi filosofía: es mejor tomar de más aquello que es esencial que no tomar lo suficiente. Si tomo de más, desperdiciaré un poco; si tomo de menos, corro el riesgo de sufrir una enfermedad de carencia. El límite también depende del individuo: si tiene una débil tolerancia a la vitamina C, puede sufrir diarrea. Hay quienes si toman 10.000 unidades de vitamina A, experimentan un violento dolor de cabeza, y hay otros que con 100.000 unidades no sienten absolutamente nada.”

“La vida es un regalo, la salud un privilegio –reconoce–. La vida me es dada pero para la salud debo trabajar y pagar. La longevidad también es un privilegio. Todavía no es segura para todo el mundo, pero justamente lo que intentamos hacer es que las cosas se vuelvan cada vez más fáciles.”

Consejo vendo y para mí no tengo. No es ése un refrán aplicable a Schandl, quien admite tomar entre 60 y 100 píldoras por día durante cinco días por semana en pos de la misma longevidad que le ofrece al prójimo. “Me doy dos días de vacaciones para que en caso de exceso mi organismo pueda desintoxicarse –admite–. Y también para descansar mentalmente, dado que tomar toda esa cantidad de pastillas es un verdadero compromiso.” Faloon también consagra buena parte de su tiempo a recibir los quince años de vida suplementaria por vía oral, y admite que es una verdadera tarea eso de andar tragando píldoras a toda hora. Claro que si uno hace la ecuación entre los minutos invertidos diariamente en las toneladas de pastillas y los vasos de agua a ingerir, y los ganados con los quince años de bonificación que promete el tratamiento, el negocio parece rentable. Y, para mayor confort, Faloon se ha fabricado el consuelo perfecto contra la tentación de sentirse un desgraciado que pasa sus días atado a los frascos de los suplementos alimentarios. “Si fuera fumador –razona–, no pasaría menos tiempo sacando cada cigarrillo del paquete.”

“Seguro que es molesto –acepta en referencia al tratamiento–, pero también es molesto estar enfermo y yo llevo dieciséis o diecisiete años sin enfermarme.” Precavido, y conocedor de los riesgos de suspender de golpe la ingesta de vitamina C, Faloon lleva siempre una carta en el bolsillo. El texto está firmado por un médico y dirigido “a quien corresponda” y advierte que el portador debe recibir indefectiblemente su dosis vitamínica diaria. “Es por si alguna vez me detienen”, declara, entre risas pero dejando en claro que no va ni a la esquina sin ese salvavidas de papel.

Cuando ya no queda suplemento alimentario al que aferrarse ni actividad física con qué complementarlo sino sólo la evidencia abominable de la muerte, LEF no se da por vencida y propone el recurso desesperado de criopreservación. “¡El objetivo es congelar la vida en el individuo; no dejemos que la vida se escape!”, se empecina Schandl.

“Cuando una persona es congelada dentro del nitrógeno líquido, dispone de una infinidad de tiempo por delante para ser devuelto a la vida. Si eso no se consigue dentro de 150 años, será dentro de 500, 1000 o 2000 años… Es una situación fundada sobre la perpetuidad”, razona, dueño del tiempo y de una paciencia bastante menos finita que la vida humana.

Cuando la revista L´Hebdo le pregunta por el costo de esa técnica, responde que ronda los 150.000 dólares y constituye un fideicomiso. El financiamiento funciona como un seguro de vida, a favor de la organización Cryonics, que se ocupa de la congelación inmediata del cuerpo y de su conservación. “El nitrógeno líquido no cuesta caro, aproximadamente 800 dólares por año, y es muy eficaz. Además, en cada unidad se conservan de 4 a 8 personas”, aclara con léxico de vendedor de tiempos compartidos.

De última, el precio sería lo de menos: la eternidad bien vale el precio de un departamento de mediano lujo. Pero lo cierto es que hasta ahora la dificultad no reside en congelar los cuerpos y dejarlos que en paz descansen mientras la especie encuentre el secreto del milagro de volverse inmortal, sino en poder reanimarlos. Todos los científicos, incluso quienes practican el arte de poner a hibernar a los mortales con vocación de Lázaro, reconocen que, hoy por hoy, a nadie se le puede garantizar el pasaje de cadáver criopreservado a ser humano vivo. Además, se sabe que el agua congelada termina destrozando las células.

En materia de costos, vale la pena aclararlo para quienes ya estén sacando cuentas, ha empezado la competencia –porque se estará pensando en volver del más allá pero por el momento el negocio se cierra en el reino de este mundo, capitalista– y los precios varían según la funeraria criónica de que se trate. En tiempos de combos, 2×1 y estrategias de marketing, el negocio de la inmortalidad se ha puesto a tiro con la economía de mercado y ofrece tarifas especiales para estudiantes, niños y grupos familiares. Y como quien no pudo vestirse con un Armani o alojarse en el Ritz de París, difícilmente pueda acceder a la esperanza de una resurrección de cuerpo entero, también existen precios más accesibles para quienes se conformen con preservar sólo su cabeza y, más barato aún, si se contentan con poner a hibernar apenas el cerebro. Pero a no desesperar, que ya vendrán más promociones. Es cuestión de empezar a hacer gimnasia, tomar vitaminas, largar el pucho y beber hectolitros de agua mineral, para llegar vivitos y saludables al momento en que la TV promocione programas de juegos donde el premio ya no sea un viaje al Caribe sino el ingreso post-mortem al freezer de la resurrección. Por ahora, seguí participando. Que la vida no ha de ser tan mala si los hombres llevan siglos soñando con ser infinitos.

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