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CITA CON LA RESURRECCIÓN
Conseguir la inmortalidad es tarea
de valientes, puesto que las técnicas modernas de criosuspensión o
congelación no garantizan en ningún momento una futura resurrección.
Todo empieza cuando ocurre la muerte clínica de una persona en un
hospital o domicilio privado. Los técnicos de Alcor comienzan una
carrera contra reloj. Su objetivo inicial e preservar los tejidos del
cuerpo de los efectos degenerativos de la isquemia, o falta de oxígeno
en la sangre.
1. Después de la muerte

El primer paso es conectar al “paciente” a una
máquina cardiorrespiratoria portátil que inmediatamente recupera sus
funciones de circulación y de respiración. Al mismo tiempo se le
administra una combinación de drogas anticoagulantes, y se le extrae
toda la sangre del cuerpo, sustituyéndola por una solución especial
para la conversación de los tejidos. Además se le baja la temperatura
corporal a unos 15 grados centígrados, con la ayuda de bolsas de hielo.
Este proceso inicial se completa en unos 30 minutos.
2. La importancia de un traslado

Luego se traslada al “paciente” en una
ambulancia refrigerada al centro, en este caso Alcor, donde se le
practicará la suspensión criónica, la conservación del cuerpo humano
por medio de la congelación. Para este fin se le aísla con varios
sacos de plástico y se le sumerge en una especie de baño helado, que
permite seguir bajando la temperatura corporal hasta unos 2 grados centígrados.
La ambulancia sólo se utiliza si el cliente “muere” cerca del
centro, en California. Si el fallecimiento ocurre en otro estado, se le
transportará a Alcor por avión.
3. Operación de vida y muerte

Cuando llega a Alcor, se le conduce directamente
al quirófano donde se le practica una “perfusión” (una operación
que permite el bombeo de una solución especial a base de glicerol y
sucrosa que protege los tejidos de los efectos de la congelación). Esta
intervención lleva del orden de 4 a 6 horas.
4. Una tumba para la eternidad

Tras la intervención, el “paciente” es
sometido a una sesión de enfriamiento drástico que baja la temperatura
de su cuerpo hasta los –79 grados centígrados, en una semana.
Finalmente es trasladado a su lugar definitivo, una especie de termo
lleno de nitrógeno líquido, donde permanecerá hasta el día de su
“resurrección” a una temperatura de –196 grados.
EL MUNDO - 16 de Mayo de
1990
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